17 Jul

Sueños rotos

¿Cuántas veces nos hemos levantado con el sentido de fracaso? ¿Cuántas más hemos pensado o decidido dejarlo todo porque «no sirve para nada»? Creo que la mayoría de los que escribimos nos hemos sentido alguna vez o muchas veces de este modo.

Escribir es una necesidad para nosotros, también nuestro desahogo o nuestra alegría pero muchas más nuestro dolor de cabeza. Y no porque no sepamos hacerlo si no porque los objetivos que nos marcamos no llegan al lugar que queremos. Son nuestros sueños rotos. Y el no del fracaso lo vivimos con mucha tristeza y desolación como si la vida se nos fuese en ello. Luego analizamos, nos reponemos, nos levantamos y seguimos la senda trazada.

Pero ¿cuántos sinsabores tenemos que pasar para llegar a realizar nuestros sueños? ¿Y si no lo conseguimos nunca? ¿Y si nadie nos lee? ¿Y si ninguna editorial nos quiere publicar nuestra obra? Recibir el rechazo es duro y merma nuestra autoestima. Y nuestro frágil ego no para de mandarnos mensajes críticos de autoflagelación…  En esos momentos, nos volvemos irascibles, insoportables y rabiosos. Todo nuestro universo se desvanece por entero y el resto, aunque nos importa, pasa a un segundo plano. Nos obsesionamos y nos maltratamos.

Sin embargo, no es el fin del mundo porque lo que importa es que estemos aquí presentes, con un objetivo de vida, sí, pero no dejamos de tener valor por muchos traspiés que tengamos. Nuestro entorno, nuestra familia que tan valiosa es en nuestra existencia, sufre casi siempre las consecuencias de nuestro malestar. La mayoría nos apoya aunque siempre habrá personas que se rían, que se burlen. Es muy fácil hablar o juzgar lo que no se conoce pero ¿por qué no pensar qué harían ellos en nuestra situación? Casi todos nos dicen que no merece la pena, que es una utopía ser publicado, que no nos trae el dinero a casa. No obstante, no podemos dejarlo, es nuestra savia, la que nos impulsa a perseguir nuestros sueños, a pesar de todo.

Hoy en día, en este mundo digital, donde la imagen, la inmediatez de las informaciones, los escritos abreviados en las redes sociales o en las mensajerías como Whatsapp, cada vez menos personas se paran a leer largos textos y menos en formato de libro. Es triste que incluso en algunos colegios, cada vez más, los niños no estudien con libros de texto en papel y los hayan sustituido por los digitales que tienen que leer en sus tabletas. Por un lado, es cierto que con el ahorro del material contribuimos a generar menos residuos y a la no deforestación, pero muchos son reciclables y no es una excusa. Los productos electrónicos generan muchas más sustancias tóxicas y nos afectan la visión entre otros órganos vitales.

Seamos sinceros. Escribir y ser leído hoy en día son privilegios que sólo algunos alcanzarán. En este mundo de excesos, de vender «imagen» antes que «letras»,  los libros están relegados a un espacio minoritario. Sin embargo, quiero ser positiva. Todavía quedan muchos amantes de la literatura que nos deleitan en cada renglón y que nos enseñan una lección en cada uno de sus escritos.

Nosotros, los que creamos obras minoritarias, los que no estamos en los noticieros, somos los grandes desconocidos porque muchos de los autores «en la sombra» tienen mucho talento y se merecen una oportunidad real para demostrar lo que valen.

Y no hablo de mí. Mi caso es particular porque llevo escribiendo desde que tengo uso de razón aunque no es hasta estas alturas de mi vida, que me he decidido a dar el paso a publicar lo que escribo. Siempre me ha dado vergüenza mostrarme tal y como soy. Siempre me han criticado por mi «particularidad» y he escrito muchos años en silencio, sin que nadie lo supiese, incluso hoy, todavía me escondo ante mis familiares y amigos y sólo me atrevo a hacerlo a través de la red. El miedo al qué dirán, a sentirnos juzgados por lo que no somos (unos vagos, por ejemplo) nos parapeta detrás de una fachada que sólo es eso, una fachada ante los demás para parecer «normal». Porque muchas veces, los demás nos hacen sentir «anormales». No entramos en los cánones «normales» con un trabajo «normal», una vida «normal», todo «normal» en apariencia. Tenemos que ser borregos y seguir el rebaño para ser medianamente aceptados en esta sociedad. Los «diferentes» somos mirados con recelo, con desconfianza… 

Pero no debemos darle importancia. Vida no tenemos más que una y debemos hacer lo que nos sale del alma y de nosotros salen palabras sin fin.. Aunque parezca que me he alejado un poco del tema de hoy, no es así. Los sueños no sólo los rompen los que no nos quieren publicar o leer, si no también las personas que conviven con nosotros con sus miradas críticas de menosprecio. Por ellas, en numerosas ocasiones debemos dejar nuestro sueño a un lado y fingir seguir una vida normal para que todo vaya bien o casi. Porque si nos olvidamos de lo que realmente somos, lo que mostramos al mundo no es nuestro yo verdadero si no un holograma de nuestro ser real. 

Para finalizar, añadir que perder nuestra identidad de escritor es perdernos a nosotros mismos. Y aunque nuestros sueños se rompan en incontables ocasiones a lo largo de nuestra vida, no debemos dejar de perseguirlos porque nos dan la vida y la ilusión para seguir adelante, con más alegría y ganas de vivir. De lo contrario, sólo seríamos una sombra de nosotros mismos.

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