13 Abr

Tiempo del pasado (2)

Y aquí va la segunda parte. Espero vuestros comentarios. Muchas gracias. ¡Hasta pronto!

TIEMPO DEL PASADO (parte 2)

—¿Señor? No, hijo, soy Martín, o eso creo ¿Y tú?

—Raúl.

—Con que Raulito, ¿eh? Por cierto, ¿dónde vamos? No me acuerdo de nada. Bueno, de lo que sí me acuerdo es que me espera mi mujer…— titubeó Martín.

Un malestar me acongojó. Quería salir, respirar aire puro, librarme de él. El olor nauseabundo de mi obligado compañero me incomodó aún más. Me iba a marear o vomitar.

—¿Sabes? —preguntó Martín—. Yo soy alcohólico, mi mujer es alcohólica y mi hija también a pesar de solo tener quince años. Por eso voy allí… ¿Dónde coño voy? ¿A dónde vamos, niño?

—A Barcelona —contesté.

—¡Barcelona! Claro. ¿Sabes? —repitió—. Vengo de una familia con mucha pasta y por eso hago lo que hago, amigo, y ya no controlo ni mis meadas, jajaja. Estoy forrado, te digo, tío. Impresionado, ¿eh?

—No, señor. Cada uno tiene lo que puede —soplé.

—¿De dónde has salido? Pareces un niñato de la edad media, ja, ja, ja. Espabila, hombre, que la vida es bella para que tengas ese careto…

Cogió de nuevo su refresco de doce grados y bebió un buen sorbo.

—¡Esto sí que es vida! ¡Burrrrrrp!  —eructó otra vez.

Me dio la espalda y abrió su maletín con sigilo. Entreví unos fajos de billetes, todos apilados y enlazados por un cordón rojo. Miré la carretera. De reojo, él me observaba de vez en cuando.

De repente, se incorporó y me sonrió con malicia. Cogió su botella de plástico transparente e ingirió todo el vino que le quedaba. Cerró los ojos.

—¡Coño! ¿Dónde estoy? —preguntó Martín de un salto.

Me hice invisible. Estaba agotado. Doce horas más para poder ver a mi madre y soportando a ese hombre maleducado y borracho.

—Oye niño — gritó—. ¿Por qué me miras con esa cara de perro suelto? ¿A que te parto la cara?

Mi cuerpo se tensó y me enderecé.

—Por favor, señor. Déjeme tranquilo. No quiero hablar con usted. Quisiera dormir, por favor —me atreví muerto de miedo.

—¡Sinvergüenza! ¡No sabes con quién estás hablando! Soy Martín de las Heras, heredero deeeee mi padre, ¡joder! ¡Maldito seas! Ya me voy, ¡imbécil!

Se levantó de un brinco y colocó su trasero cinco filas más adelante. Suspiré aliviado. Mi pierna derecha no paraba de temblar y mis manos danzaban un baile sinfónico imparable.

El autobús realizó varias paradas para descansar y otras para recoger pasajeros. En una de ellas, un cura vestido de blanco se instaló en el asiento contiguo al mío. Un suspiro de alivio salió por mi boca.

—¿Te pasa algo, hijo? —me preguntó el sacerdote.

Le conté el incidente con el pasajero bebido que permanecía unos asientos por delante de los nuestros.

… seguirá
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