09 Abr

Tiempo del pasado (parte 1)

Hoy quiero iniciar una nueva sección donde iré publicando parte de mis escritos, publicados o no. Iré colocando algunas páginas cada vez que pueda, hasta terminar, en este caso el relato de «Tiempo del pasado» que compuse en un taller de escritura, hace ya bastantes años.  Me encantaría saber vuestras opiniones sean cuales sean. Las críticas siempre son muy constructivas y te ayudan a avanzar y aprender. Empezamos…

TIEMPO DEL PASADO (parte 1)

Las doce campanadas se anunciaron en mi reloj de pulsera dorado. Era un regalo de mi madre para mis quince inviernos. “Tic tac, tic tac”, me sorprendí diciendo en voz alta. La esfera pulida de color nieve me evadió por un instante de la realidad.

Mamá, esa luchadora incansable, esa Señora con mayúsculas que me dio la vida y que me la dedicó por entero. Nunca le había conocido hombre que sustituyera a mi padre. Sólo tenía seis meses cuando nos abandonó dejando un puñado de billetes tirados en mi cuna. Jamás lo añoré, nunca me lo permití. Sentía un desprecio total por la figura paterna. Mi corazón sólo escondía rencor y dolor.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Desperté de mi letargo. No estaba solo. En el andén de la estación de autobuses se encontraba un hombre. Estaba ebrio y su rostro lucía el color de la amapola. Se tambaleaba de una esquina a otra, tropezando con los bancos y las papeleras que se encontraban en su trayectoria. Me preguntó dónde estaba su maleta. No supe contestarle. Enloquecido, salió corriendo vociferando por doquier.

Prosiguió una calma helada que me produjo una sensación de desolación y temor. Solo él y yo. El estómago se me encogía y mi corazón latía como el sonido de un tambor. No podía controlarme. Respiré con fuerza. Me senté en un rincón. Volví la mirada. Un bulto cubierto de plástico negro me acompañaba. No osaba moverme.

Percibí el roce de unos zapatos aproximarse.
—Niño, la has encontrado. Mil gracias, chaval.

Su cambio de humor me sorprendió y no contesté. Se alejó canturreando con su equipaje bajo el brazo derecho, dejando un rastro de humo y licor.
Viajeros empezaron a llenar el espacio que me separaba del intruso. Paquetes se apilaron, acompasados por el cuchicheo incesante de sus propietarios en cuyas caras se adivinaba la alegría del momento. Pasaron unos minutos interminables. Un autocar aparcó a unos escasos metros. Embarqué. El conductor me indicó mi asiento.

Turistas españoles y extranjeros, chinos o japoneses dudé, llenaron el lugar y el silencio. Un murmullo ensordecedor me hizo acurrucarme. Vi entrar a ese hombre moreno, de piel blanquecina, de poco más de metro sesenta, avanzando por el pasillo con paso decidido. Se aposentó en la fila delante de mi asiento. Rodando hacia mi destino, mi vecino se giró y me miró fijamente.
—Nos encontramos por todas partes, ciudadano— dijo el desconocido luciendo unos dientes amarillentos.

Se alzó y sin mediar palabra ni pedir mi opinión, se sentó a mi lado, sin remedio.

—¡Uar! Tú serás mi acompañante, rubito. ¿Quieres agua? Yo me voy a echar un trago.

Un líquido rojizo se deslizó por su garganta sedienta.
—No hablas mucho, colega. ¿Tienes algo de papear?— preguntó incansable.
—No, señor.— logré articular.
Me dio una palmada en la espalda. Casi dejo de respirar.

… seguirá
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